Hay una frase que se repite en muchos negocios y que me produce una repulsión inmediata: «siempre lo hemos hecho así». La he escuchado en despachos, en naves industriales y en comidas de empresa, casi siempre dicha con orgullo, como quien exhibe una medalla. Y cada vez que la oigo pienso lo mismo: la persona que la pronuncia tiene delante un problema serio y todavía no es capaz de verlo. Este artículo cuenta de dónde viene esa convicción, con una anécdota real de la industria del calzado de Elche, y termina con algo más útil que la queja: cómo distinguir, desde dentro de una empresa, cuándo se está respetando una tradición y cuándo se está disfrazando una inercia.

Lo que vi recorriendo fábricas de calzado en Elche

Hace unos años me tocó recorrer fábricas de calzado en Elche, y lo que más me sorprendió fue la precariedad generalizada. Naves cuya imagen se parecía mucho a los talleres mecánicos de barrio de mi infancia: calendarios con mujeres semidesnudas en las paredes, maquinaria con más de cinco décadas encima, llena de polvo y de capas de grasa, trabajando exactamente como se trabajaba hace sesenta años, sin ninguna automatización. Y en todas se repetía una constante que acabó interesándome más que las máquinas: dueños hablando con orgullo de lo que habían sido, llenos de nostalgia, criticando la actualidad y «la invasión de los chinos». Hablaban de calidad y de que la piel natural requiere un trabajo artesanal, y mientras lo decían yo veía cortar la piel con troquelado manual. Cuando pregunté por qué no usaban cortadoras automáticas, que son más rápidas, más precisas y aprovechan mejor la piel, la respuesta fue la misma en todas partes, con las mismas palabras: «siempre lo hemos hecho así». Daba igual que hablara de la rapidez, del aprovechamiento del material o de la precisión del corte. La frase cerraba la conversación antes de que empezara.

Confundir lo artesanal con no haber invertido nunca

Lo que me dejaba anonadado era la confusión de fondo, porque la palabra «artesanal» estaba haciendo un trabajo que no le corresponde. Artesanal es el criterio de la persona que elige la piel, el diseño que sabe dónde va cada pieza, el acabado a mano que una máquina no replica. Nada de eso se pierde porque el corte lo haga una cortadora automática; al contrario, se libera tiempo y material para dedicarlos a lo que sí es artesanal de verdad. Lo que aquellas fábricas llamaban artesanía era, en la mayoría de los casos, «nunca he invertido ni un pavo en tecnificación» vestido con un vocabulario más noble. Y la distinción importa mucho, porque la primera cosa es un activo que se puede vender más caro, y la segunda es un pasivo que se va comiendo el margen año tras año sin que aparezca en ninguna cuenta. El cliente final no paga más por un corte manual peor aprovechado; paga más por un zapato mejor pensado y mejor acabado, y eso exige haber liberado horas y dinero de las tareas donde la máquina simplemente lo hace mejor.

Lo que Elche pudo ser, y las marcas que lo demuestran

Elche tenía todo para convertirse en una especie de Silicon Valley del calzado español: concentración industrial, oficio acumulado durante generaciones, proveedores a diez minutos, mercado internacional abierto. Y en buena parte se prefirió seguir haciendo las cosas como siempre mientras el resto del mundo evolucionaba. Lo sé porque hay marcas de allí mismo que demuestran que la otra ruta existía y funcionaba: Pikolinos o Gioseppo, cuyas fábricas parecen laboratorios, impolutas y llenas de tecnología, y que compiten en el mundo entero con producto fabricado en la misma provincia donde otros se quejaban de los chinos. Son las menos, y ese es precisamente el dato que duele: la tecnificación no era imposible ni ajena al territorio, era una decisión que algunos tomaron y otros no. En los últimos diez o quince años, Elche se llenó de fábricas de calzado que «se incendiaron accidentalmente», y pongo las comillas porque todo el mundo en el sector sabe leerlas.

Respetar la tradición y disfrazar la inercia son cosas distintas

Lo del calzado es un ejemplo de los cientos que podría contar, porque el patrón se repite en muchos sectores. Una cosa es respetar la tradición de una marca, que es valiosa y a menudo es lo único que la competencia no puede copiar. Otra muy distinta es creer, cuando el negocio va bien, que no hace falta invertir para evolucionar y que la misma receta funcionará siempre. La trampa está en que las dos cosas se parecen desde fuera y suenan igual desde dentro: el dueño que protege la esencia de su marca y el dueño que protege su comodidad usan exactamente las mismas palabras. La diferencia se ve en lo que hacen con el tiempo y el dinero que les sobra en los años buenos. El primero los invierte en que la esencia sobreviva al siguiente cambio del mercado; el segundo los reparte, los guarda o los dedica a mantener en pie una manera de trabajar que ya solo se sostiene por costumbre.

Por eso, cuando alguien me dice «siempre lo hemos hecho así», sé que tengo delante a una persona que está frente a un problema y aún no puede verlo. Y creo que la frase es un síntoma que merece ser escuchado con atención por quien dirige una empresa, porque rara vez la pronuncia el dueño: la pronuncian los mandos intermedios, los veteranos, el equipo que lleva veinte años haciendo lo mismo. Es una frase que señala exactamente dónde está el proceso que nadie ha revisado desde que se diseñó.

Cómo saber en qué lado está tu empresa

Hay tres preguntas que, hechas con honestidad, sitúan a cualquier empresa en uno de los dos lados. La primera: ¿cuándo fue la última vez que cambiamos algo que funcionaba? Las empresas sanas tocan procesos que todavía rinden, porque saben que el momento de cambiar es antes de que dejen de rendir. Si la única vez que se cambia algo es cuando ya ha fallado, la empresa va a remolque del mercado. La segunda: ¿qué parte del beneficio de los años buenos se ha reinvertido en el negocio, y en qué? Una cifra concreta, no una sensación. Y la tercera, la más incómoda: si un competidor nuevo abriera mañana con nuestro mismo producto y maquinaria de hoy, ¿podríamos competir con él en precio y en plazo? Si la respuesta honesta es que no, el competidor que aún no ha llegado solo pondrá fecha a un problema que ya existe: la empresa lleva años pagando, en márgenes que no ve, una manera de trabajar que dejó de ser la mejor hace tiempo.

Casi ninguna empresa puede responder a esas tres preguntas desde dentro, porque la costumbre tapa exactamente lo que habría que mirar, y porque los equipos protegen por instinto los procesos que dominan. Ese es, en el fondo, el trabajo del Diagnóstico Guapo: entrar en una empresa que funciona, revisar sus procesos, su tecnología y sus números con ojos de fuera, y señalar dónde está el «siempre lo hemos hecho así» que nadie ha vuelto a cuestionar. La mayoría de las veces el hallazgo resulta poco dramático: un corte que se podría hacer mejor, una tarea que una máquina haría más barata, un margen que se está perdiendo en silencio. Pero son esos hallazgos pequeños, acumulados durante años, los que separan a las fábricas que parecen laboratorios de las que un día se incendian accidentalmente.